Nuestra sardina

sardina

Una de las ocupaciones emocionales de Jesús de Nazaret, la cual queda reflejada repetidamente en la Biblia, es la de ”que sean uno, como tú y yo, Padre, somos uno”. ¿Quiénes? Los que nos decimos amantes de él, de su persona y de su mensaje.

Y es que tengo la profunda y triste sensación de dos realidades: primera, la de que Jesús está en la razón y no en el corazón de la mayoría de los creyentes; y segunda, la de que la Humanidad se comporta con una profunda terquedad desde hace miles de años. Creo que esto último dejaría de ser un problema si, alguna vez, comenzáramos a practicar lo primero, esto es, si dejáramos al corazón mandar sobre la razón. Pero genera miedo, demasiado. Tampoco nos percatamos de que, a medio y largo plazo, la razón, sola o cuando es la que habitualmente prepondera, conlleva muchos más disgustos que cuando lo hace el sentimiento. Si los resultados obtenidos nos parecen poco satisfactorios, ¿creen que deberíamos cambiar la manera de hacer las cosas?

Comienzo por el presente, aunque viajaré también por la historia. Conozco a un joven, de quien me enorgullezco ser su amigo, que, hace unos años, vivió en primera persona esta experiencia reveladora. Acababa de llegar, esa tarde, a una casa de las casas de acogida, de personas terminales enfermas de sida, que una congregación católica tiene en Madrid. La función voluntaria de este muchacho consistía en permanecer despierto toda la noche, una vez por semana, por si alguno de los enfermos presentaba repentinamente alguna necesidad especial, incluida la posibilidad del fallecimiento. Eran personas, por aquel entonces, desahuciadas por la familia y por la práctica totalidad de la sociedad, por lo cual acababan viviendo y muriendo solas, a no ser por estas gentes.

Pues bien, este joven llegó ese día antes de la hora acostumbrada. Aconteció, así, que se encontró con numerosas personas, todas ellas voluntarias, saliendo de la misa vespertina, realizada en la capilla del lugar. Todas fueron a saludarle y a conocerle, puesto que en las horas intempestivas en la que estaba no solía haber nadie más. La primera frase del que se presentaba era siempre la formulación básica: “hola, me llamo …”. La segunda consistió siempre, por parte de todos ellos, en una pregunta, tremenda a mi parecer: “¿eres de CyL?”, “¿eres focolare?”, “¿eres de verbum?”, “¿eres de acción católica?”, “¿eres de…?” Todos son movimientos o asociaciones de la Iglesia católica.

Mi amigo respondía con un “no” tranquilo y sucinto a cada uno de los que se presentaban y le preguntaban. Cada vez llegaban más personas con el mismo automatismo, de modo que, de repente, en apenas un minuto, el chaval se vio rodeado por una treintena de personas y, en cierto modo, comenzó a sentirse acosado. Se produjo un silencio repentino. Fue entonces cuando una de ellas le espetó: “entonces, ¿de qué eres?” Este joven se encogió de hombros y, medio atemorizado, respondió: “de Cristo”.

Este suceso ejemplifica, a mi parecer, algunas tragedias: la tendencia a usar la razón para etiquetar y, por tanto, a separar; la costumbre de creer que mi parcela es la única realidad; la inercia de sentirse no como un hijo de Dios, sino de tal o cual escuela espiritual, rival, en ocasiones, de algunas otras; la tragedia de algunas personas de querer hacer sentir a otras que “o estás conmigo, por lo cual me tienes que dar la razón, o contra mí”. Algo que también ocurre, obviamente, fuera del mundo religioso. Y no es, según creo, porque las personas religiosas se “contaminen” del mundo, sino, sencillamente, porque están poco conectadas con su espíritu. Insisto, por ello, en la idea de tragedia.

Malaquías es uno de los grandísimos profetas del judaísmo, antecesor espiritual de Jesús de Nazaret, al cual se le suele situar en el siglo V antes de Cristo. Ya en esa época, este buen hombre, algo desesperado, clamaba, según la Biblia: “¿No tenemos todos un mismo padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios? ¿Por qué nos portamos deslealmente unos contra otros?”

Según la Biblia también, Juan, discípulo de Jesús, le dice a éste: “Maestro, vimos a uno echando fuera demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo, porque no anda con nosotros”. Dicho de otra manera, “como no está en nuestro grupo, en nuestra asociación y vaya usted a saber cómo piensa y qué normas tiene, que deje de hacer lo que haga, aunque sea el bien”. Jesús, que está, permítanme, “en otra onda”, lógicamente le replica: “No se lo impidáis; porque el que no está contra vosotros, está con vosotros”.

Corazón, por favor. Corazón sobre la razón. Lo demás me suena demasiado a querer arrimar el ascua a mi sardina, en vez de compartir la sardina o el ascua o, incluso, dar ambas.

En el ámbito del clero madrileño, esto es, entre ellos mismos, hay un triste dicho: “Cuando Jesús regrese, encontrará a la Iglesia reunida, pero no unida”. Y sin embargo, se supone, ellos mismos rezan todos los días: “Padre NUESTRO (que estás en los cielos)”. Un mismo padre; hermanos, por tanto. Como pedía santa Teresa de Jesús a sus hermanas de congregación: “Más rezar de dientes para adentro y menos de dientes para afuera”. Entrañas, es decir.

Siglo V antes de Cristo, primer siglo, siglo XV, hoy. ¿Aprenderemos? Por eso tal vez, en la última cena que hizo con sus amigos, Jesús rogó: “Padre santo, que sean uno como tú y yo somos uno”. Quizá, para lograrlo, sería necesario sentirnos, y no solo sabernos, hijos de un mismo Dios-Padre-Amor-Entrañable.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *