cisma

Tal vez sepan que, entre las altas esferas de la jerarquía de la Iglesia católica, hay una guerra declarada, aunque no abierta. Si lo ignoraban, acaban de enterarse. El Papa Francisco trata de imponer una doctrina contraria a la tradición en esa religión. El asunto es grave, aunque pueda parecer lo contrario; aunque es muy complejo, trataré de resumirlo. Los partidarios del actual Papa afirman que es necesario purificarse, volver a las propias raíces del cristianismo; los contrarios defienden que ellos no son quiénes para cambiar una moral presuntamente enseñada por el propio Jesús, esto es, por Dios, y que ha sido transmitida fielmente por los obispos desde sus orígenes, es decir, por y desde los discípulos.

Y empleo, conscientemente, palabras que denotan confrontación, bandos. Porque los hay, en verdad. Desde el cisma de la Reforma protestante, quiero decir, desde la época de Lutero hasta Benedicto XVI, siempre ha habido en la Iglesia tendencias más o menos diferentes, pero predominaba una unidad, al menos, ética y estética. No es el caso ahora. Lo sensacional es que, al parecer, hay predicciones realizadas siglos atrás por propios santos de la Iglesia católica (y no cualesquiera, como Francisco de Asís) advirtiendo de esta situación: dos Papas (uno canónico, “legal”, que correspondería a Benedicto XVI; otro no canónico, “ilegal”, que correspondería a Francisco) y un futuro cisma.

Quienes me conocen me preguntan por mi preferencia. Triste cuestión. Intento explicarme. Poco me importan las Iglesias, me importa lo que construye a las personas. Lo demás huelga. Creo también que las religiones apuntan a lo trascendental, pero que lo importante no es el dedo, sino aquello que es señalado por el dedo y que el dedo puede estar putrefacto. Por último, lo que da sentido a la vida de Jesús de Nazaret son dos pilares novedosos y profundamente liberadores: la confianza ilimitada en Dios-Padre-Amor-Entrañable (que no un ogro despiadado y justiciero) y, como consecuencia, el amor, hacia uno mismo y hacia el otro. Puesto que Dios es amor sin límites, la confianza en él nace, surge, se despierta sin pretenderlo, como la de un niño pequeño que se abandona, feliz y seguro, en los brazos de su papá tierno. Olvidar esto o vivir como si esto no fuera una realidad es el auténtico anatema, la auténtica excomunión, el verdadero cisma.

La Biblia pone en boca de Jesús esa enseñanza: «Si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos». El reino es eso: felicidad, respirar a pleno pulmón, vivir, no sólo inspirar, espirar y producir. «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. ¿Quién es el hombre, entre vosotros, cuyo hijo, si pide pan, le dará una piedra? ¿O, si pide un pescado, le da una serpiente? Por lo tanto, si vosotros, aunque injustos, sabéis dar buenos regalos a vuestros hijos, ¡con cuánta más razón dará vuestro Padre, que está en los cielos, cosas buenas a los que le piden!»

Ya la Kabbalah judía, con toda su antigüedad, lo enseña. Somos nosotros, con nuestros condicionamientos educacionales, es decir, con las barreras internas, los miedos y las defensas que nos han o nos hemos fabricado desde niños, los que limitamos o impedimos que nos lleguen todos esos bienes que anhelamos. Son nuestros «no lo merezco», «soy malo», «soy culpable», etc., procedentes del subconsciente, los que minan nuestra capacidad de recibir lo bueno y necesario. En el fodo, se trata de pura lógica: si la abundancia procede de Dios y él es infinito, infinitamente nos está llegando. Tan sólo hemos de darnos cuenta de que estamos con los brazos atados para  comenzar a romper las cuerdas y, así, extenderlos para recibir todo lo bueno que nos está esperando.

«Nada te turbe, / nada te espante; / todo se pasa. / Dios no se muda./ La paciencia todo lo alcanza. / Quien a Dios tiene / nada le falta. / Sólo Dios basta.» Es el poema místico de santa Teresa por antonomasia. Sólo Dios basta, porque la confianza en él nos abre las puertas; tan sólo (parece fácil, pero no lo es) hemos de creer, segundo tras segundo, que lo merecemos y que llega a nosotros constantemente, como suave lluvia de verano.

¿Les suena de algo? Tiene mucho que ver con la física cuántica. Sí, también aparece aquí, como en el artículo anterior. Viene a decir esta rama científica, que estudia las partículas subatómicas, que, según la conciencia, lo que espera la persona que realiza un ensayo en un laboratorio, así obtiene un resultado diferente: si espera A, obtendrá A; si espera B, obtendrá B. Así de simple, así de “mágico”. Pareciera que Jesús era un experto científico.

Creo que en realidad existe un único cisma: la falta de confianza en Dios-Padre-Amor-Entrañable.

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