DIARIO PANDÉMICO. 2 DE MARZO DE 2021

Trump

Querido diario,

Tú ya sabes que yo aquí ando, sentadita en mi sillón a la espera de una vacuna que me libre de la muerte por covid, que ya soy vieja y los miedos no se me quitan tan fácilmente. Y ni me importa cuál me chuten, si la china, la rusa, la de Pfizer o la de Mongolia, que la que sea será bien recibida por este cuerpecito gentil que me toca llevar pa’ lante. Sueño a diario con el día en que me inyecten el brebaje mágico y pueda, no sé, ir corriendo a abrazar a mi hija. Que si me contagio, posiblemente no me vaya para arriba (o para abajo, vete a saber a dónde iré a parar después de algunas canalladas que he hecho a lo largo de mi larga vida).

Bueno, ahora entonces imaginarás mi indignación cada vez que me entero de un nuevo político que ha ido por detrás a prestar sus venas para recibir el codiciado antídoto.

Ahora resulta que Mr. Trump y señora también se han hecho con unas dosis de quién sabe qué vacuna, y ya están tranquilitos e inmunizados. Claro, es que cuando el tío ha visto que se le terminaba el mandato, se apuró a conseguir algún médico amigo, y se ha hecho separar un par de chutes para él y para Melania.

Esto no lo digo yo, que de rumores no vivo. Lo ha confirmado un asesor del mismísimo Donald ayer a CNN. Y si bien no ha aclarado qué laboratorio ha elegido el expresidente estadounidense (al momento del ocaso de su gobierno, sólo Moderna y Pfizer contaban con la aprobación del uso emergencia en Estados Unidos) , confirmó lo que era un secreto a voces desde el momento en que Trump arengó a sus seguidores a vacunarse durante su speech en la Conferencia de Acción Política Conservadora. “Todo el mundo debería ir a recibir su inyección”, había sentenciado a viva voz en su primera intervención pública desde el fin de su mandato.

Era de extrañar el cambio de actitud, por supuesto. Tú imagina: el tío primero se declara el rey de la hidroxicloroquina, asegurando que la tomaba con regularidad y nada le había sucedido. Bueno, que eso aún está por verse, vete tú a saber si no le ha afectado las neuronas tanto veneno. Sí, eso ya venía de antes, ¿verdad? Si tú piensas igual que yo. La cosa es que se ha pasado el año defendiendo su consumo, así como denostando el uso de mascarillas y tal. Recordarás, de hecho, que el tío se paseaba por los pasillos de la Casa Blanca a cara suelta, mientras sus lacayos se calzaban los cubrebocas por si acaso. Y, finalmente, y como era de esperar, pues en septiembre se ha enfermado, claro está.

Toda esta actitud rebelde de crisis de los 50 (el pelo platinado, el bronceado eterno, el coche lujoso, y el rollo del machote prepotente) iba de la mano con lo que ya conocemos de Trump, por supuesto. Por eso, el discurso del 20 de enero en el que le daba su bendición a la vacuna contra la covid había sonado, cuando menos, sospechoso. Bueno, pues ahora ya sabemos el motivo. ¡El muy sinvergüenza se ha inmunizado en secreto antes de escapar en helicóptero de Washington!

Yo ya he perdido la fe en la política, te lo juro. Ya no queda honestidad dando vueltas por ahí. Y no logro entender aún cómo la sociedad no condena a estos tíos de verdad, que nos están contando el cuento a todos mientras ellos hacen millonadas y se salvan para siempre de la “aniquilación pandemial”. No sé por qué no los colgamos en la horca, o los quemamos en la hoguera, como en los viejos tiempos. O en vez de aplicarle el cocktail anti-covid, no le damos un poquito de la inyección letal que usan en los corredores de la muerte. O no sé, por qué no los condenamos a un hisopado anal diario, que eso ya serviría para calmar mi sed de venganza. Ya me lo imagino yo a Trump a los tumbos como un pingüino.

¡Hasta mañana, querido diario! Que descanses. Te quiere, Maggie.

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