Hay que ser serios

Las lenguas o dialectos son patrimonio cultural de un país, de una nación, pero en España se emplean para separar. Personalismos, nacionalismos, individualismos, diferenciaciones, so pretexto de ser comunidades diferentes de la española, es lo que persiguen los gobernantes y muchos ciudadanos del País Vasco, Cataluña, Comunidad Valenciana, Baleares y Asturias. Su provincianismo llega a extremos que rayan en el ridículo.

La lengua, el dialecto, crean tipologías de individuos con el complejo del antiguo “provinciano” y buscan su diferenciación y esa búsqueda les hace “invadirse” los unos a los otros. Parecen niños con aquello de que “la pelota es mía“. El antiguo  “paleto” vive en sus dirigentes.

Se ven, se sienten muy pequeños, y quieren, pretenden ser muy grandes y para su diferenciación utilizan su idioma o dialecto. Y con ese idioma o dialecto se sienten grandes, únicos y excluyentes, que a su vez les reduce su campo mental porque solo miran a su campo que es local. Y es que el mundo vive en la globalización.

La riqueza cultural de España es evidente por la pluralidad de sus regiones. Su folklore, su arquitectura, su arte pictórico, escultural, escénico, su alimentación, su envidiable clima, sus costumbres atrae tanto a los propios españoles como a un turismo que inunda todas las manifestaciones artísticas de los pueblos y ciudades que la conforman.

El cruce de culturas y su evolución en la llamada “piel de toro española” fue el origen de esas riquezas lingüísticas, artísticas, culturales y gastronómicas, en todas sus manifestaciones, que exhiben los españoles y hacen de España el país elegido por muchos extranjeros para el disfrute y aprendizaje de su historia, por ser uno de los países más antiguos del mundo. Ese cruce de culturas ha sido el origen de esa riqueza artística y cultural.    

Pero en ese camino, en esa trayectoria, españoles nativos de las regiones vasca, catalana, valenciana, asturiana o aragonesa, no pueden pretender que el conocimiento de sus dialectos o idiomas alcance la categoría de “bilingüismo” al hablarlo  junto al español, que es el idioma de la nación a la que pertenecen.

Quinientos millones de personas en el mundo hablan el español y otras tantas lo estudian. Se trata del tercer idioma más hablado del mundo, pero los nativos de estas regiones presumen de un bilingüismo, cuando la realidad es que su lengua o dialecto regional, fuera de sus contornos territoriales, no existe. Esas lenguas o dialectos forman parte de su cultura, pero no es medio de comunicación con los demás pueblos nacionales y, menos aún, extranjeros.

Estos dialectos o idiomas regionales quedan para sus parroquianos.

El alsaciano, el bretón francés que hablan, entre otros, en Francia, no trascienden las fronteras galas; el frisón el sórabo, el romani, entre otros, tampoco trascienden los límites de Alemania, por decir solo unos ejemplos. Forman parte de la riqueza cultural de sus respectivas naciones, pero nada más.

Todos ellos, dialectos o idiomas, son producto de los cruces de culturas y evolución histórica de cada región y conforman parte de la riqueza cultural de las naciones a las que pertenecen.

De ahí que llamar “bilingüe” a una persona que hable euskera y español, catalán y español, valenciano y español, bable y español,  resulta muy pretencioso. No es serio.

Una cosa es el Diccionario de la Real Academia Española y la Filología y otra es la realidad fáctica.

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