De vocación, enseñanza

enseñanza

Vocación, del latín “vocare”, es la “voz interior”, la llamada a una persona para un destino, a una actividad.

La enseñanza es una de las profesiones que requieren, en mayor medida, vocación.

En numerosas ocasiones cuando un adolescente se decide a dedicarse a la enseñanza sin vocación yerra en la elección, cuando habría estado muy capacitado para otros caminos profesionales y viceversa. La vocación es un proceso que se desarrolla durante la adolescencia del individuo, bien por grandes o bien por pequeños detalles y no es el mismo proceso para todas las personas.

Para la Enseñanza, como para otras profesiones, actividades, se necesitan dotes innatas de actitud y de aptitud, en ese orden.

La vocación es el desprendimiento de uno mismo en favor del alumno, lo mismo que en Teatro el actor o la actriz se desprenden, “salen” de sí mismos en favor de sus personajes.

En esta línea, no es lo mismo enseñar que dar clase. Deberían coincidir en su esencia ambos conceptos, pero habitualmente no coinciden, por cuanto en numerosas ocasiones dar clases no pasa de transmitir solamente unos conocimientos. La enseñanza significa muchísimo más. Es necesario muchísimo más que una Licenciatura, un Doctorado o una Oposición para estar capacitado para enseñar. No es solo cuestión memorística y preparación académica, hay que sentir la vocación de transmitir y divertir enseñando y aprendiendo, lo mismo que los actores y directores.

Profesor y alumno

El profesor con vocación y personalidad no necesita de tarimas para imponer su autoridad, transmitir y ser aceptado y, con ello, para enseñar y formar.  Es su personalidad la que transmite esa autoridad, el orden, la seguridad y su complicidad con los alumnos en cada momento.  El alumno tiene que disfrutar en la clase.

Formar

Y aquí introduzco la voz “formar”, porque la enseñanza va mucho más allá de la materia o disciplina que corresponda. La entrega del profesor a la enseñanza del alumno es imprescindible que vaya estrictamente unida a su formación y que ambas se vean mezcladas como una sola.

La enseñanza implica formar y en la conjunción de ambas está la realización personal, humana del alumno. Parafraseando al Doctor Marañón, “la eficacia de la enseñanza no depende de las normas abstractas, sino del modo de aplicarlas. Un buen plan de enseñanza en manos de un maestro o profesor incapaz, no sirven a la enseñanza y formación requeridas.”

En ese cometido, la trasmisión de valores es la columna vertebral de la formación del alumno. La responsabilidad, la sinceridad, la gratitud, el compañerismo, la amistad, la solidaridad, la lealtad, el sacrificio, la obediencia, el respeto, el compromiso, entre otros, han de formar parte, han de constituir los pilares de la personalidad del alumno, enseñarle a caer y saberse levantar. En esto la cultura anglosajona es ejemplar.

Para ello, el Maestro, el Profesor, han de conocer el carácter y facultades de cada alumno, sin poder evadirse por el número de ellos, cuya formación de él depende.

Enseñar a estudiar

En este orden de formación académica y personal, el Maestro, el Profesor, deben saber que, normalmente, el alumno no sabe estudiar porque nadie le ha enseñado y, en el mejor de los casos, solo le han “explicado”, sin atender a sus características personales de concentración y compresión y conocer ambas es preciso para, en sus casos, formarlas y cultivarlas y que la explicación sea entendida por el alumno. Si esta carencia no se corrige, condicionará al alumno toda su vida académica. Y esta labor del Maestro o Profesor no puede depender del número de alumnos bajo su responsabilidad.

El latín y el griego, las mal llamadas “lenguas muertas”, no se han sabido enseñar, como tampoco la historia, las matemáticas, los idiomas y un largo etcétera, y por ello se han perdido y se seguirán perdiendo verdaderos valores personales para el ejercicio profesional de estas materias, ya que muchos alumnos no han recibido la enseñanza, acorde con sus características personales.

Las enseñanzas del latín y del griego tenían como contenido y resultado final una traducción “fidedigna “ del texto, pero esa no era la finalidad del estudio de estas lenguas, sino el ejercicio de razonamiento para llegar a esa traducción final. Lo mismo ocurre con las demás materias descritas. La comprensión es el paso previo a la memorización.

Tecnología

La tecnología tiene hoy en día un lugar importante, pero no debe ser preeminente. La tecnología debe ayudar a estudiar, a la formación, pero no debe provocar alumnos “inválidos”  que carezcan de la formación imprescindible para saber “moverse y  buscarse la vida” en bibliotecas, museos, salas de arte, lecturas y poder analítico.

Apuntes

Los apuntes parecen “superados” o “pasados a la historia”, sin que se repare en que son un elemento educativo para el alumno y de información para el Maestro o Profesor de incalculable labor en su formación. Los apuntes reflejarán las capacidades de orden, limpieza, formación gramatical, capacidad de síntesis, entre otros muchos detalles a corregir, o valorar y, en todo caso, indicativos del modo de ser y estudiar del alumno.

Personalidad del alumno

El Maestro, el Profesor, ha de transmitir al alumno que sea “él mismo” y que lo sea en su vida particular y tanto en sus obligaciones académicas, como profesionales.

No vale que sean las copias de padres o de ídolos, ni la compensación a las posibles frustraciones de los padres y tampoco la “obligada” continuación de las “sagas” familiares.

Hay que hacer que el alumno se acepte tal y como es, conozca sus valores, sus capacidades, actitudes y aptitudes y con ello ayudarle a encontrar su camino profesional.

No se trata de encontrar en la enseñanza una salida profesional, sino de que se tenga  vocación de enseñar, que se valga para la enseñanza. Lo contrario puede hacer mucho daño.

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