Fútbol, el mal necesario para el peor momento

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El 2020 que acabamos de dejar atrás fue un año que quedará para siempre grabado en nuestras retinas. La pandemia mundial de coronavirus estaba a punto de paralizar todo el planeta y marcar un antes y un después en lo que a relaciones sociales y capacidad económica se refiere, con el mundo entero aislado en sus domicilios y el sentimiento de pesimismo cada vez más latente en el día a día.

El parón obligado en el mundo del deporte por la COVID-19 instaba a la población a mirar hacia otro lado, provocando que el descontento aumentara las críticas de la gente de a pie sobre las medidas que imponían los de arriba. Y eso nunca es interesante para el poderoso, que veía peligrar su privilegiada posición.

El deporte, la válvula de escape para millones de personas, echó el cierre suspendiendo y aplazando eventos de primera línea como los Juegos Olímpicos o la Eurocopa y la Copa América de fútbol, pero la reanudación de las competiciones ligueras se convirtió en una cuestión de estado, fuera cual fuera el modo de volver. Que las radios y periódicos volvieran a estar colmadas de polémicas y posibles fichajes por delante de la comparecencia de un presidente de la comunidad o las recomendaciones de un ministro.

El fútbol europeo volvió, excepto en una liga francesa que, a buen seguro, se arrepintió de su precipitada decisión de cancelarla definitivamente viendo cómo fue todo en los países vecinos. El mecanismo volvió a ponerse en marcha con partidos a puerta cerrada y tests semanales entre los jugadores, como siempre privilegiados por delante del resto de una población que no dudaba en justificarlo, arrojando multitud de casos positivos. Pero eso ya daba igual, la gente volvía a tener lo que quería: entretenimiento con el fútbol y mirar hacia otro lado.

La población había dejado atrás su ansia por protestar cada medida gubernamental o comparecencia del político de turno, derivada en manifestaciones en las calles saltándose la orden de permanecer en casa, para volver a hablar del penalti no señalado del fin de semana, del fuera de juego dudosamente revisado por el VAR o el estado de forma de la estrella de su equipo mientras cientos de fallecidos seguían sumándose y los contagios no dejaban de crecer.

Los ingresos se desplomaron ante la ausencia de público y los equipos no dudaron en acogerse a medidas como los ERTEs para tratar de afrontar los multimillonarios sueldos de unos jugadores que seguían viviendo en su realidad, portando mascarillas casi obligados antes de saludarse con todo lo que se cruzaban en el césped o los vestuarios, demasiado alejados del día a día que vivían millones de trabajadores en sus empresas y que, sin embargo, esperaron impacientes que volviera a rodar el balón.

Así regresaron los campeonatos locales, a puerta cerrada, y la UEFA ideó un improvisado playoff de la Champions League en donde los ochos equipos que quedaban se vieron las caras en cruces directos en Lisboa. No podíamos permitirnos el lujo de un año sin campeón de Europa ni, por supuesto, que la hinchada estuviera más pendiente de sus bolsillos y su complicado futuro que de los colores de su bufanda.

La rueda volvió a girar pese a que aún seguimos muy lejos de dejar atrás todo esto. El fútbol regresó, además con mucha más acumulación de partidos e incluso cambiando normas como la del número de sustituciones en un partido. Regresó el fútbol como un mal necesario, y muy reclamado, para que todo siga pareciendo lo normal cuando nada lo es. Que la gente vuelva a sonreír (o no) ya será cuestión de los resultados de su equipo.

3 comentarios

  1. Más razon que un santo. Totalmente de acuerdo.

  2. El universo es finito, la estupidez humana infinita…
    Gran artículo, buena radiografía de la situación actual, Pan y circo.


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