Trastornos mentales

“Locos y furiosos vagaban por la ciudad desatendidos y descontrolados”, hasta que Juan Gilabert Jofe, fraile mercedario, tuvo la idea de crear el Hospital de los Inocentes en 1.409, que un año después se convertiría en el mejor manicomio del mundo.

Con anterioridad a dicho manicomio, a las personas que mostraban un comportamiento rebelde se les encadenaba, o se les metía en jaulas, debido a que sus deficiencias mentales se consideraban debidas a supersticiones o males diabólicos.

Estas enajenaciones mentales las padecían, por lo general, personas que vivían en el extremo de la pobreza y la sociedad combatía su enfermedad teniéndoles ocupados.

La falta de recursos obligaba a su masificación, que era una constante en su internamiento, en el que no existía selección alguna  sobre el nivel o tipo de anomalía que pudiera tener cada uno.  

Había que esconderlos y no recibían tratamiento alguno, siendo muy posterior cuando se produjo el primer cuando Philippe Pinel suprimió las cadenas, iniciándose un tratamiento humano de los dementes.

En la Edad Media se llegó a separar a hombres y a mujeres y se aislaba a los violentos, llegando a permitir a los más dóciles salir del manicomio a pedir limosna.

Ya en el siglo XIX se crearon hospitales especiales para los llamados “locos“, sin más especificación o diferenciación  y en el siglo XX se crea la primera escuela de Psiquiatría. En 1.930 se empieza a utilizar el primer tratamiento con antipsicótico.

Desde aquel mejor “manicomio del mundo” la sociedad española ha progresado en el tratamiento de los trastornos mentales a través de la especialidad médica propia de los mismos, la Psiquiatría, pero no en la proporción o medida que el progreso  social  demanda.

La Psiquiatría continúa estigmatizada socialmente, lo que unido a la nula atención que los gobernantes han dedicado a la salud mental de los ciudadanos, es lo que lleva a evidenciar las carencias sociales ante decisiones clínicas y judiciales.

Se incrementan los ingresos hospitalarios y la comisión de delitos por estos trastornos psíquicos, pero libertades carcelarias en contra de la opinión de los facultativos psiquiátricos, altas hospitalarias muy discutibles y absoluciones por inimputabilidad, entre otras muchas decisiones, dejan a la sociedad indefensa ante esos trastornados mentales, con “libertad para autolesionarse, autodestruirse y delinquir“. Todo ello ante todo un descontrol social de Instituciones Nacionales y Comunitarias que hace que  los ciudadanos vivan en riesgo permanente.

Y es aquí donde la sociedad muestra de forma palmaria su falta de respuesta ante situaciones de demencia descontrolada.

En estas situaciones deberían entrar en funcionamiento el cometido de  Servicios Sociales Nacionales o Comunitarios, tanto a nivel ambulatorio o internado y ambos, en la actualidad, son prácticamente inexistentes.

La alternativa de la familia es imposible por cuanto en los domicilios familiares no puede haber tratamiento alguno: Los familiares no pueden controlar a los enfermos y éstos, a su vez, en multitud de los casos, les engañan en el tratamiento y en sus salidas y entradas del domicilio familiar y eso, además de robarles, en sus casos. El llamado “entorno familiar” supone una carga emocional y de todo tipo, inviable para esos familiares.

Ese “entorno familiar” puede ser “políticamente correcto”, pero no existe y la sociedad vive en permanente riesgo.

La frase “locos y furiosos vagan por la ciudad descontrolados“,  es aplicable en la actualidad.

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